Isla del Sol: un viaje en el tiempo

Llegamos temprano. El viaje se tornó un poco mareante por las olas que rompían de cuando en cuando contra el barco. Aunque según palabras de propios lugareños (de poco hablar por cierto) el imponente Lago Titicaca se había comportado bien con nosotros. Tras tanto recorrido en lo que iba de la travesía, el cansancio no podía disimularse, pero tampoco la ansiedad por conocer un lugar que hasta aquel día era una incógnita.

La embarcación comenzó a acercarse al precario muelle, donde ya se podían ver algunas personas. Al frenar, uno de los niños más despiertos de su grupo, se asomó por una de las pequeñas ventanas y nos ofreció alojamiento. Cargamos las pesadas mochilas y bajamos con cuidado, ya que el viento exigía equilibrio. Sorprendidos, miramos hacia arriba. Es que la Isla del Sol es particularmente escalonada y cuenta con unas pocas construcciones al margen de en un sendero que sería nuestra vía de acceso al corazón del pueblo. El pequeño David, más atrevido y sociable que los bolivianos que habíamos conocido hasta entonces, nos indicó el recorrido. Cientos de escalones desafiantes asomaban frente a nosotros y asustaban de sólo verlos. Comenzamos el ascenso. Yo llevaba mi mochila y David la de Silvina. Pero la altura se sentía cada vez más y con la respiración agitada se dificultaba decirle al pequeño que no se adelante, ya acostumbrado a subir y bajar a diario para colaborar con su familia, que como muchas de la isla vivía especialmente del turismo.

Uno de los inolvidables paisajes de la isla.

Uno de los inolvidables paisajes de la isla.

La trepada se tornó eterna, pero una vez que llegamos recién pudimos disfrutar del aire puro y el sol radiante. Al mirar alrededor, un paisaje impactante yacía frente a nosotros, una pintura trazada por el contraste de la inmensidad del Titicaca, en una isla que parecía de fantasía. A lo lejos, la más pequeña Isla de la Luna. Dejamos el equipaje en nuestro albergue y salimos a recorrer la zona. Con la altura, las piernas se hacían cada vez más pesadas, pero no éramos los únicos afectados; al menos así lo denotaban los rostros de los demás turistas que transitaban las laderas. Por momentos nos sentimos en la Edad Media: burros exhaustos transportando alimentos y bidones, pobladores trabajando el campo, caminos estrechos y sobretodo luz, mucha luz. Esta gente parecía ajena a nuestro mundo contaminado por las tecnologías, los ruidos y la polución.

La vida de los bolivianos en la Isla del Sol no era sencilla. Con la ayuda de los burros transportaban el agua que usaban para las tareas diarias, mientras que por la noche no había electricidad, sólo las estrellas asumían el rol protagónico en un entorno inundado de tranquilidad. Estábamos en la parte sur de la isla y para ir al norte debíamos caminar durante varias horas, pero como permaneceríamos sólo dos días decidimos visitar los puntos más cercanos y no por eso de fácil acceso.

Desde el mirador más alto de la isla. De fondo, el Lago Titicaca y la Isla de la Luna.

Desde el mirador más alto de la isla. De fondo, el Lago Titicaca y la Isla de la Luna.

La trucha es la comida por excelencia de la zona, la preparan con estilo. La mujer que nos atendió en el puesto donde decidimos calmar el hambre agradeció casi sorprendida nuestros elogios de sus abundantes y sabrosos platos. Se mostraba tímida, servicial y con gestos de cansancio, como la mayoría de la población nativa, parte de una sociedad triste, exhausta de la rutina pero con una fuerza envidiable. Se veían más niños y mujeres en tareas laborales que hombres, como las denominadas “Cholas”, con sus largas polleras y bolsos coloridos en la espalda, donde normalmente cargaban a los bebés.

Para poder observar el sector norte subimos al mirador, donde apreciamos toda la isla. Los burros, ovejas, chanchos y llamas sedientas, además de los pobladores cosechando la tierra, fueron la cordial compañía durante la caminata hasta llegar a la imponente vista. El lago estaba calmo y el paisaje era inolvidable. Retornamos maravillados y con la caída del sol pudimos dormir como hace días no lo hacíamos. El silencio era absoluto.

Las empinadas y empedradas calles.

Las empinadas y empedradas calles.

El día siguiente sería agotador, pero valdría la pena. Caminamos descendiendo bajo el sol rodeados de campos de cultivos apilados en la montaña. Al llegar, la playa estaba casi desierta, salvo por unos niños de la zona que jugaban despreocupados. Pasamos el día allí y regresamos por un sendero de piedras minuciosamente colocadas. Esta noche no sería en completa paz por la fuerte lluvia, que igualmente hacía el descanso más placentero.

Llegó el momento de regresar a Copacabana para continuar en busca de nuevos lugares y culturas, en esta suerte de turismo vivencial donde el destino final sería Lima. La Isla del Sol dejó de ser una incógnita para ocupar un rincón especial en nuestra memoria, en lo que pareció un corto sueño, un espejismo, un viaje en el tiempo.

Entre los cultivos escalonados.

Entre los cultivos escalonados.

Los burros, el principal medio de transporte.

Los burros, el principal medio de transporte.

El trabajo de las mujeres.

El trabajo de las mujeres.

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