El síndrome del yo-yo

Ya pasaron de moda. Casi no se los ve. Suelen ser de madera o plástico y están compuestos por dos pequeños discos con una ranura en el centro, alrededor de la cual se enrolla un cordón. La gracia está en anudar el dedo medio de nuestra mano hábil haciendo subir y bajar esta suerte de alfajor no comestible. A partir de allí las combinaciones y trucos son infinitas. Así como actualmente los niños se pasan horas frente a las pantallas de sus variados artefactos tecnológicos, hace no tanto tiempo nuestros viejos lo hacían con el yo-yo. Este juguete requiere destreza. Y parece haber vuelto,  no literalmente, sino de manera simbólica como explicación gráfica de una teoría. De una doctrina en la cual el ego siempre puede más: el síndrome del yo-yo.

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       Inicialmente vale la pena tomar al periodismo de viajes y afines como parámetro para reflexionar sobre una tendencia preocupante que viene en aumento. Sucede que las prioridades se confunden.  Al momento de escribir, narrar o documentar un viaje el eje principal del relato se centra en exceso en el mismo viajero, en sus experiencias y sensaciones personales. De este modo se pasan por alto o banalizan las historias de los lugares, y sobre todo, de sus gentes. Resulta imposible representar lo auténtico de los pueblos bajo esta perspectiva. Muchos periodistas olvidan su rol de intermediarios entre lo que sucede y el público, especialmente en los programas televisivos. Y los blogs de viajes no se quedan atrás, algunos se vuelven insoportables para leer. Falta originalidad y compromiso social en los contenidos, abundan las miradas trilladas y sólo unos pocos exponen puntos de vista alternativos. Las propuestas se repiten y el ego hace las veces de motor en esta maquinaria superficial.

      Cuando se viaja con fines divulgativos, la intención de volverse invisible debería ser una prioridad. Pasar desapercibido, sin alterar nuestro entorno, caminando casi en puntas de pie. Observar con atención. Ganarse la confianza de los autóctonos. No permitir que el factor económico y los actos interesados condicionen los actos. También practicar el arte de la tolerancia, valorar la empatía y ponerse en el lugar del otro. Vivir en carne propia situaciones ajenas a las que estamos acostumbrados. De esta forma nuestro trabajo posterior será mucho más puro, cristalino y real. Dando voz a los que no la tienen. Colocando el foco reflector del lado correcto. Al menos del lado necesario. Depende de cada uno desactivar ese ego que muchas veces gobierna de manera inconsciente. Mirar con los propios ojos y no a través del lente de la cámara es un comienzo.

       Este fenómeno tiene una raíz mucho más profunda y no sólo es aplicable a los medios de comunicación. La felicidad efímera está a la orden del día. Lo importante es demostrar que se visitó tal lugar. Tomar la foto y subirla de inmediato a las redes sociales. Hacerse una selfie (la acción de moda que mejor representa al ego). E irse. Mucha de la gente que viaja ni siquiera se queda a disfrutar de los paisajes y los contextos.  Se mueve de compromiso, sistemáticamente. Es una forma de viajar, cierto, pero más vinculada al simple desplazamiento que a otra cosa, distanciada de la reflexión. Un movimiento sin sentido y sin sentires. En tanto, si lo que se encuentra no se halla a la altura de las expectativas, no se lo valora. Tiene que ser una imagen idéntica a la que tenemos en nuestra mente; la misma que construimos en base a montones de estímulos e influencias. Como sostiene Marc Augé, la gente saborea el placer de la verificación, la alegría del reconocimiento. Y la realidad se presenta como un espectáculo.

ego

    Nunca es tarde para pisar el freno y recapacitar. Pensar sobre nuestro rol como viajero, como turista, como periodista, como escritor. Como ser humano. Luego, llevarlo a la práctica y transmitirlo. No seguir a las grandes hordas. Perderse por ese camino desconocido. Apartarse del rol protagónico. Librarse del ego y dejar de jugar al yo-yo.

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