Ser padre: el mejor viaje de mi vida

Pasaron muchas cosas en los últimos tiempos, mi vida dio un giro rotundo, erosionada por situaciones de las más amargas y de las más maravillosas, como el nacimiento de mi hijo Tomás, hace casi cuatro años. La conexión fue automática: el amor verdadero, el incondicional, había irrumpido con fuerza para quedarse. El reencuentro de almas se concretaba, dando inicio a un viaje diferente, uno para toda la vida.

¿Pero cómo es que se tiene semejante certeza? Simplemente pierde sentido intentar definirlo, trasciende cualquier conjetura de la mente. Es un sentimiento profundo e ingobernable que se activa en las células. No es que no estaba, solo que ahora se despierta, como una brasa que parece apagada y de golpe se transforma en una hoguera. En este contexto los juicios desaparecen. Los pensamientos se callan. Esto no se explica, no se piensa: se siente.

Mi hijo despertó mi amor propio, el valor por la vida, por lo que me rodea. Me lleva de la mano por un camino de descubrimientos y desafíos, en el cual revivo con frecuencia viejos momentos de mi pasado. Mi infancia, que parecía olvidada y guardada en un cajón, entra en escena. El valor y el significado de lo simple, de los detalles, se impone derribando viejas estructuras e ideas prefabricadas. Descubro casi sin darme cuenta de que el amor todo lo puede, que ese sentimiento único es el que debe guiar mis acciones. Dejando atrás los rencores y las decepciones, los errores y las malas decisiones, para empezar a construir desde un lugar de plena conciencia. Agradeciendo que sea este ángel quien me acompañe.

En mí día a día, mientras esa pequeña semilla que germinó crece con una determinación imparable, muchos mitos sobre la crianza se derrumban. No me siento el maestro, es mi hijo quien me enseña algo nuevo a cada instante. Desde su espontaneidad e instinto. Me enseña sobre la perseverancia y la dedicación, como cuando se caía una y otra vez tratando de dar sus primeros pasos, pero sin rendirse avanzaba con paciencia hasta conseguirlo. Me enseña sobre la intuición; ante momentos tensos o incómodos él manifiesta su inconformismo. De a poco aprendo a entenderlo, a leer lo que se oculta detrás de sus comportamientos. Él me guía. Me enseña empatía: se ve afectado por situaciones y contextos externos, por sus sensaciones. Percibe el dolor, el cariño, las intenciones. Me enseña unidad, al no juzgar a nadie, al buscar una integración de las personas que lo rodean. Y sobre todo me enseña a estar alerta, a enfocarme en el momento presente y dejar de lado esa carga de pasado y futuro que genera ansiedad, esa ilusión del tiempo que me come por dentro.

Esa es nuestra esencia. Lo que cada uno de nosotros fuimos al nacer. Hasta que nos vemos inevitablemente afectados por la gente que nos rodea y acompaña en el camino de la vida, igual que les sucedió a ellos. El contexto condiciona todo. Empiezan los obstáculos. Nos llenamos de miedos e inseguridades. Nos volvemos permeables y continuamos repitiendo viejos patrones, escribiendo muchas veces la misma historia que nuestros ancestros, desde un lugar de inconsciencia. Padecemos situaciones que se quedan con nosotros para siempre, aunque intentemos negarlo. Nos hacemos mayores. Vamos en piloto automático. Repetimos los mismos errores en un círculo dantesco. Y la vida vuela.

Pero a veces, algo fuerte e inesperado se presenta en nuestras vidas, obligándonos a replantearse absolutamente todo. A frenar y volver a empezar. Nos damos cuenta que somos arquitectos de nuestro destino. Que el secreto es aprender a fracasar. A reaccionar distinto ante las frustraciones, a cambiar la percepción, a tener coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Aprendemos que derrumbarse y tocar fondo es necesario para poder seguir avanzando. Porque acumular tierra debajo de la alfombra y mirar para otro lado solo es la antesala de una bomba de tiempo que tarde o temprano explotará, una mochila muy pesada para cargar. Nos caemos y nos levantamos. Aprendemos a lidiar y a desdramatizar ciertas situaciones dolorosas de nuestro pasado, que nos parecían terribles y ya no lo son tanto. A aceptar y no poner la atención en aquello que no podemos controlar. Al entender que el tiempo es lo más valioso que tenemos y que vale la pena invertirlo en intentar ser cada día un poco mejor persona, más solidaria, autocrítica, despierta, humilde.

Mi hijo no es mío en realidad, es una forma de decir. No me pertenece, es más bien un préstamo. Solo le pertenece a él mismo. Es un ser luminoso que me empuja a superarme. A alinear la atención, los pensamientos, las palabras y las acciones en armonía. A encontrar un equilibrio. Los niños son lo más sagrado que tenemos, la educación es la herramienta de cambio más potente y transformadora. Deben brillar con luz propia. Para eso, acompañarlos con amor, honestidad, atención, cariño, respeto, comunicación y empatía, es una receta infalible. Para que sean ellos mismos y construyan su mejor versión, a su ritmo.

Esta es mi experiencia. Cada día es una aventura diferente. Me equivoco mucho y aprendo de mis errores. Mi hijo me ensaña eso. Juntos seguimos creciendo. Ser padre me expone, me desafía, me llena el alma. Mi hijo es mi motivación para dejar el conformismo y superarme constantemente. Porque para poder darle lo mejor, debo sentirme bien y creer en mí. Siendo consciente de mis emociones, mis pensamientos, mis palabras, mis hábitos. Muchas veces, demasiadas, he buscado las respuestas fuera. En lo externo, en lo superficial, en lo que no puedo ni me corresponde controlar. Mas pendiente de las ramas que de las raíces. Viajé mucho por el mundo, es mi gran pasión y lo seguiré haciendo. Ahora serán viajes dentro de otro gran viaje, ese que enciende mi fuego interior, el mejor de mi vida: ser padre.

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