De gira por Ecuador (2): Descanso en las playas de Salinas, Montañita, Puerto López y Canoa

Dejando atrás Guayaquil comenzaba la segunda etapa del viaje, que implicaba trece días distribuidos entre distintas localidades costeras. Planificamos este recorrido de sur a norte con la idea de comenzar la travesía con un buen descanso para liberar tensiones acumuladas durante el año en Buenos Aires y recargar energías para lo que vendría: días más cansadores con largas caminatas entre maravillas naturales y ciudades históricas. Y así fue, con Salinas como principal destino y Canoa como parada final.

Estresado en Montañita

Estresado en Montañita.

Salinas, popular entre los ecuatorianos

Para llegar tuvimos que tomar primero un autobús desde la impecable terminal de Guayaquil en dirección a Santa Elena (ya no había transportes directos como hace un tiempo) en un trayecto de poco más de dos horas. Luego nos subimos a otro colectivo público hacia el centro de Salinas que tardó cerca de veinte minutos, confiando en el chofer que dijo saber dónde quedaba nuestro hotel. Pero lastimosamente (como dicen los colombianos) el conductor estaba errado. Nos pasamos de largo y luego de preguntar a varias personas tomamos otro autobús de regreso hacia nuestro alojamiento, que estaba a un par de kilómetros de la zona urbana sobre la carretera principal. Pese a no tener la mejor ubicación, los micros eran frecuentes y por 0,25 céntimos de dólar nos dejaban a un paso del malecón en cinco minutos.

En la ciudad no hay mucho más para hacer que disfrutar de la playa y el mar, empacharse de ceviche o dar un paseo en barco, justo lo que estábamos buscando. El movimiento de gente sucede en la Avenida Malecón, que bordea la playa en forma de bahía, con sus restaurantes, comercios y edificios, donde se vende variedad de productos de mar. Sin embargo casi todo pasa por allí, ya alejándose unos pocos metros el clima es desolado en las calles de tierra, aunque por suerte hay un supermercado grande. Si se buscan precios más económicos, hay que ir a lo que se denomina “Cevichelandia”, con abundantes platos de la especialidad marina. En la playa se pueden alquilar sombrillas (3 o 4 dólares para dos personas) y comprar lo que plazca a los vendedores ambulantes que nos acompañaran a todo momento. El clima es cálido pero no sofocante y la temperatura del agua ideal, aunque el sol quema y mucho (lo dice una víctima del mismo).

Es raro ver turistas, ya que esta ciudad es un destino costero muy popular entre los locales, que llegan con sus familias a vacacionar, por ende es recomendable reservar alojamiento con tiempo si se va en temporada alta o en época de fiestas. Por desgracia la mayoría de ellos no suele utilizar los tachos de basura y esquivar residuos al caminar por la arena se vuelve un deporte. Tampoco acostumbran sacarse la remera al estar al sol y meterse en el agua, en tanto que consumen compulsivamente, desde tatuajes temporales de henna hasta granizados y artesanías. Otra playa cerca a la que es posible acceder por el día es la diminuta de Ballenita, más tranquila y alternativa.

Un atardecer en Montañita

Un atardecer en Montañita.

Año nuevo en Montañita, capital de la joda

Desde Salinas nos dirigimos hacia la terminal de Santa Elena, desde donde salen con frecuencia autobuses a Montañita en un trayecto de una hora y media. Bien informados al respecto del bullicioso centro del pueblo, nos alojamos en las afueras en un hermoso y tranquilo complejo de bugalows con salida al mar (único lugar donde nos excedimos del presupuesto mochilero), en lo que fue un gran acierto. De esta manera podíamos dormir en paz, porque si hay algo que caracteriza al centro de Montañita es el bullicio, con parlantes que explotan uno al lado del otro en los comercios, con varios alojamientos y hostales sobre ellos;  un infierno para los amantes del buen descanso.

La oferta en esta ciudad es muy amplia pese a su pequeña superficie, con restaurants, tiendas, artesanos, puestos para beber batidos o tragos, una zona generosa en ceviches, bares, discotecas y demás en un contexto pintoresco, bohemio y cosmopolita. La oferta abarca contempla todos los bolsillos y más allá de los platos típicos ecuatorianos hay mucha variedad, como empanadas o choripán. El sitio está plagado de jóvenes, en su enorme mayoría argentinos y chilenos, que llegan con ganas de volarse la peluca como quien dice, me refiero a salir de fiesta todas las noches, tomarse hasta el agua de los floreros, consumir  algún que otro producto ilegal y conocer gente. La playa es amplia, atractiva y con una buena temperatura en sus aguas, que tienen bastantes olas;  si se camina por ella hacia el sur se puede llegar al pueblo desolado de Manglaralto. Lo mejor: observar los atardeceres desde la costa.

Una de las calles del centro de Montañita

Una de las calles del centro de Montañita.

Pasar año nuevo aquí fue toda una experiencia. El conteo final llegó en la playa principal donde no cabía un alfiler, desbordada de excitadas personas saltando al grito de canciones de cancha, donde por supuesto los argentinos daban la nota. Los fuegos artificiales iluminaron el cielo en un hermoso espectáculo, al tiempo que había que estar atento tanto a los inconscientes que disparaban las cañitas voladoras a ras del suelo como a los borrachos con la urgencia de vomitar en tus pies. Después la marcha de los surfistas recorriendo las calles y metiéndose al mar y la quema de muñecos, una tradición originaria.

Muchos la menosprecian, pero Montañita se ganó mi cariño con su especial atmosfera y energía. Considero que si bien es un lugar más que nada orientado para jóvenes que buscan diversión, es un destino no menos atractivo para ir en pareja o en familia (siempre que se aloje lejos del centro). Luego es cuestión de elegir como llevar las horas, eso depende de cada uno más allá de las tendencias; no puede pasarse por alto si se está en camino por la Ruta del Sol.  Ahora era el turno de continuar hacia el mucho más relajado Puerto López, a un par de horas en autobús.

La playa de Puerto López con sus barcos pesqueros

La playa de Puerto López con sus barcos pesqueros.

Puerto López y su ubicación de privilegio

La ciudad en sí no tiene demasiado encanto, con sus calles polvorientas, a excepción de la zona costera con bares y restaurantes.  La playa es bonita (aunque con basura a la vista) y hacia el lado del puerto el paseo vale la pena, entre pequeñas barcas blancas y azules que descansan luego de la pesca del día. Pero lo mejor de Puerto López es su afortunada posición estratégica,  vecina de varias maravillas naturales de sumo interés, como el Parque Nacional Machalilla.

En el mismo se encuentra tal vez la playa más bella del país, Los Frailes, a diez kilómetros del centro. Para llegar hay que tomar un autobús y bajarse en la entrada sobre la ruta, desde donde hay tres kilómetros por un camino de tierra (allí conviene optar por una moto-taxi si no se quiere caminar). La playa impacta por sus cabos en ambos extremos, en un espectacular contexto natural que sorprende sin previo aviso en los visitantes. Además hay un camino que atraviesa el bosque seco y un mirador. Debe tenerse en cuenta que se permite permanecer hasta las cinco de la tarde y es recomendable llevar comida, porque sólo hay un puesto de helados, al tiempo que se alquilan sombrillas. Los Frailes es exclusiva, muy tranquila y no está contaminada por el cuidado especial que recibe, como buena joya de la costa con trato preferencial. En la misma zona se haya Agua Blanca, una comunidad indígena que abre las puertas de sus casas de madera y bambú a quien quiera acercarse, a medio camino de San Sebastián y Julcuy.

Playa Los Frailes, próxima a Puerto López

Playa Los Frailes, próxima a Puerto López.

Y para los que no tienen el dinero suficiente como para ir a las islas más representativas del país, este es el lugar indicado: la “Galápagos de los pobres”, mejor dicho la Isla de la Plata, no tiene mucho que envidiarle a su hermana mayor. Se tarda una hora para llegar desde el puerto de la ciudad en bote, en un viaje que puede resultar demasiado denso si las olas no acompañan. Una vez arribados, son varios los caminos para recorrer (siempre acompañados de los guías), en un ambiente seco y caluroso donde se aprecian los simpáticos patiazules, albatos, gaviotas, fragatas y otras aves, además de tortugas enormes en el mar, siempre que se las atraiga con algo de comida. Entre junio y octubre es la temporada de avistaje de ballenas, un espectáculo único. Todo se hace únicamente con una excursión de día completo, que también incluye las comidas y un tiempo para hacer snorkel. Es importante contratarla mediante alguna agencia y no a vendedores en la calles, ya que existe la posibilidad de ser engañando y hasta llevado a la más cercana y menos atractiva Isla Salango.

El piquero o alcatraz patiazul en la Isla de la Plata

El piquero o alcatraz patiazul en la Isla de la Plata.

De olas y acantilados en Canoa

Ahora sí nos alejamos bastante más al norte para adentrarnos en la provincia de Manabí. Para llegar desde Puerto López a Canoa hay varias opciones, nosotros fuimos primero hasta Portoviejo y allí tomamos otro autobús directo (en total cerca de cinco horas de recorrido), pero también es posible arribar previo paso en Manta. Más allá de su ambiente relajado y surfista (las olas son para respetar), el hechizo que atrapa a los curiosos que llegan hasta aquí tiene que ver con su espectacular e inmensa playa con grandes acantilados en los costados. Se puede beber algo en los bares, aprender a maniobrar una tabla sobre las olas o echarse a tomar sol, pero la magia ocurre al bajar la marea, cuando se emprende una larga caminata por la arena con el viento en la cara y ese  particular aroma a sal.

Viniendo desde el sur y a unos pocos kilómetros es buena idea visitar la hermosa Bahía de Caráquez, donde según dicen los locales, el tiempo pasa más lento y se envejece felizmente. Más al norte y a varias horas de viajes se encuentran Mompiche, Esmeraldas o la Playa de Oros, próxima a grandes felinos en plena selva tropical.  En nuestro caso ya había sido demasiado arena y decidimos abordar la segunda etapa, mi parte preferida de la travesía, abriéndose paso por la Cordillera de los Andes, para luego meterse de lleno en zona de montañas, lagunas, volcanes, bosques y la tan ansiada selva amazónica. Debíamos llegar a Quito de alguna manera, para lo cual tomamos un autobús directo de la empresa Reina del Camino que nos evitó muchos dolores de cabeza. El mismo parte todos los días desde la calle principal frente a un quiosco (el mismo donde se compran los boletos) cerca de las diez de la noche y tarda poco más de siete horas en arribar a pleno centro de la capital. Es importante comprar los pasajes ni bien se pisa Canoa, ya que al demanda es alta.

Dejamos atrás estas espectaculares playas ansiosos por lo que vendría, que nos llenaría el alma. Se terminaba el descanso, era el turno de caminar por senderos llenos de historia y belleza, llegar cansados por las noches pero con la tranquilidad del deber cumplido y la satisfacción de poder ser parte al menos unos momentos de unos paisajes de película.

La extensa playa de Canoa

La extensa playa de Canoa.

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