La elegancia de París (primera parte)

Alguna vez el poeta Jean Cocteau dijo que en París todo el mundo quiere ser un actor, que nadie se contenta sólo con el rol de espectador. Efectivamente, adentrarse en la elegante geografía de la capital francesa hace que uno se incorpore al guión, forme parte de él. No se trata sólo de quedarse observando, sino que se goza del protagonismo y la dirección en la película. Como en sueños, uno camina entre piezas históricas monumentales, amplias avenidas, respira romanticismo y se camufla entre tantas almas dispares que se chocan. Cada uno reacciona diferente, por eso no tiene sentido creerse una historia contada: se debe vivir la propia.

Llegué agotado. Había pasado la noche en el Aeropuerto El Prat de Barcelona esperando el típico vuelo de bajo costo que me dejaría en el Aeropuerto de Beauvais – Tillé. Luego, cerca de una hora en bus al centro y mi primer encuentro con el metro. Representó un desafío que pude dominar y tras un par de conexiones llegué al fantástico barrio de Montmartre. ¿Por qué aquí? La respuesta: Jose, un genial español que conocí en Granada cuando recorría solo como perro malo un mirador. Ya me extenderé al respecto al escribir sobre Andalucía, pero adelanto que media hora de charla bastó para que un par de meses después me abriera las puertas de su casa como a un hermano.

La Torre Eiffel

La Torre Eiffel.

En su departamento me recibió cordialmente Inés, su compañera de piso. Dormí una siesta y esperé a que mi colega llegara de trabajar. De aquí en más pasaría tres semanas en el país galo: dos en París y una en el noroeste por Rennes y alrededores. Mi cama era un colchón inflable en la habitación de Jose, donde descansé como un bebe. Estaba muy débil tras tantos meses de andar mochila a cuestas. Caminé mucho por París, intenté abarcarla desde todos los ángulos, pero sin éxito. Es demasiado grande y sublime como para gobernarla en tan poco tiempo. De hecho no creo que alguien la conozca por completo.

Lo primero, por supuesto, la Torre Eiffel. Fui temprano hasta el Arco del Triunfo (sepan que se puede subir) y seguí por la Avenida Kléber hasta llegar hasta Trocadéro y sus jardines, la antesala de la gran cita y desde donde se toman las primeras fotografías. Cuando apareció la popular estructura de hierro me sentí feliz pero no emocionado como al llegar a Machu Picchu, por ejemplo. En general me conmueven más las bellezas naturales que las arquitectónicas, aunque la fusión de ambas resulta sublime. Tanto se habla de ella y ahí estaba, cara a cara con el actual símbolo por excelencia de Francia, que años antes fuera resistido y generador de controversias. Ahora es por escándalo uno de los principales sitios turísticos del planeta. Era extraño. Coqueteamos con mi cámara un buen rato, buscando tomas  y puntos de vista originales.

Un rincón próximo al Palacio Nacional de los Inválidos

Un rincón próximo al Palacio Nacional de los Inválidos.

Crucé el Río Sena, que fluía despacio. Había que subir a la Eiffel y lo hice por las escaleras (pueden tomar el ascensor, pero hay más tiempo de espera y es más costoso). Ahora sí tenía una perspectiva real de dónde estaba. No pude llegar hasta la parte más alta ya que no estaba habilitada, por lo que me conformé con acceder a la segunda planta, algo que no cambió demasiado la experiencia. Desde aquí podía organizar un poco más mi plan de visita, en compañía de una vista noble y cautivadora. Por eso las horas siguientes me dedique a caminar kilómetros. Era mucha la ansiedad y no podía esperar a perderme por las calles locales.

Atravesé el amplio espacio verde de Champ de Mars y me dirigí al Palacio Nacional de los Inválidos, un complejo muy atractivo que fuera una residencia real para militares retirados, ansiados o lisiados y actualmente alberga monumentos e instalaciones culturales y religiosas. Lo primero que llama la atención es la enorme cúpula dorada que brilla sobre la capilla de Saint Louis, aunque la arquitectura en su conjunto es digna de admirar. Más allá, algunos museos en los cuales se pueden pasar horas: el Museo de la Orden de la Liberación, el Museo de Planos y Relieves y el Museo del Ejército. En este último se encuentra el Mausoleo de Napoleón Bonaparte, organizado alrededor del sarcófago del emperador en el centro de una cripta circular, algo que se observa desde el piso superior, donde también descansan los restos de Napoleón II, entre otros.

Capilla de Saint Louis

Capilla de Saint Louis.

Vale aclarar que durante mi estadía en París conté con la fortuna de ingresar gratis a prácticamente todos los museos y atracciones turísticas gracias a mi temporal condición de ciudadano europeo menor de veintiséis años, privilegio que ya queda descartado para mi próxima visita. Esto fue un alivio, ya que Francia no me resultó particularmente económica, más aún comparada con Marruecos, España y Portugal, países de los cuales venía. Por eso siempre tuve una fotocopia del pasaporte en mano para demostrar mí edad, ya que mi rostro, por lo general barbudo, y mi aspecto de reo no ayudaban.

Casi todos los días eran grises, nublados y fríos, algo muy normal según me comentaron. Jose e Inés trabajaban gran parte del día, por lo que no podían acompañarme demasiado. Sin embargo forjamos una muy buena relación en base a charlas. Una noche salimos a cenar con Jose y unos amigos suyos, hablamos un poco de todo, de fútbol, de la rivalidad del Real Madrid y el Barcelona. Pero recuerdo lo curioso que me resultó el derecho a pedir agua de la canilla (del grifo, para los españoles) en cualquier bar o restaurante, sin coste alguno. Es decir que es posible pagar nada más que la comida. Por otro lado, los locales prefieren más que les hablen en castellano que en inglés (aunque tampoco es un pecado no hacerlo).

La Torre Eiffel iluminada de noche

La Torre Eiffel iluminada de noche.

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