Londres, donde todo sucede

Estaba en París y para ingresar a tierras británicas decidí hacerlo de una forma llamativa, pero más económica y emocionante que un vuelo. Se trataba de un autobús de la empresa Eurolines que salía curiosamente desde el aeropuerto de Charles De Gaulle (no había una terminal ni sector claro de espera, simplemente el transporte aparecía de la nada) para cruzar el Canal de la Mancha en ferry. Primero fuimos hasta una ciudad costera donde nos revisaron los pasaportes y el equipaje en un control. Subimos con el bus a la embarcación. Era emocionante pensar que estábamos transitando una ruta con tanta historia. Al llegar, de nuevo al bus camino a la capital inglesa. En el trayecto ya se veían las típicas casas de ladrillos, tal cual como las imaginaba.

Tower Bridge.

Tower Bridge.

Debo admitir que mi primera sensación de Londres no fue positiva. De entrada todo fue caótico, estaba desorientado y encima era la hora pico. Fui a tomar el metro. Allá es difícil saber qué boleto comprar porque se manejan por zonas. Pedí ayuda en información turística y me atendieron de mala gana. Finalmente tras un par de conexiones pude llegar al hostel donde había reservado una noche. Los precios me parecían excesivos. Acostumbrado a dormir por un promedio de diez euros, aquí se pagaba hasta tres veces más. Al menos pude obtener algunas libras a un cambio conveniente. Pero para mí fortuna tenía quién me ayudara las siguientes dos semanas que duraría mi estadía.

En la ciudad andaluza de Córdoba había conocido a Fortu, Renata y Paula, tres mexicanos con los que luego nos cruzaríamos también en Granada (mismo recorrimos La Alhambra juntos). Las dos chicas estaban viviendo allá y en un gran gesto de solidaridad me habían dicho que podía quedarme con ellos. Pero como no lo había confirmado a tiempo reservé un alojamiento para la primera noche. A la mañana siguiente pensé en ir a su encuentro al atardecer y aprovechar antes para recorrer algo del centro, ya que estaba a un paso. Tuve que dejar en encomienda por unas horas mi equipaje en la terminal central Victoria Station, dado que en mi hostel no me lo permitieron (algo inédito hasta el momento). Cuando estaba oscureciendo y siguiendo las indicaciones que me habían dado tomé mi primer autobús rojo de dos pisos camino al sur hacia el barrio de Peckham, donde estaba la casa de mis colegas latinos. Resulta que allí vivían cerca de quince mexicanos, casi todos de Guadalajara, los cuales fui conociendo de a poco a medida que aparecían. Una especie de Gran Hermano en una gran casa de dos plantas con un amplio jardín.

Eran todos jóvenes viviendo la experiencia europea, trabajando de lo que se podía y escribiendo su propia historia de una forma muy despreocupada y divertida, lo que me parecía admirable. Me recibieron como si fuera uno más y ayudaron en todo, hasta el punto de prestarme un chip para el celular y una tarjeta Oyster para moverme en los buses. Ellos compartían habitaciones y yo dormía en su living en un colchón de dos plazas que habían encontrado en la calle, como algunas otras cosas. Peckham tiene mala fama entre los locales, pero yo le tomé cariño, nunca me sentí inseguro y de hecho casi me quedo. Si bien está un poco alejado, hay una variada oferta comercial y es fácil comunicarse con el centro. Lo curioso fue que pasaron casi dos días desde mi llegada hasta ver a Renata y a Paula, producto de sus horarios laborales. Lo que quiere decir que estuve con los amigos de ellos, que hasta entonces ni me conocían. La ayuda despreocupada que uno encuentra cuando viaja a veces no se halla siquiera en la tierra propia. Quien pregone el miedo en estas situaciones es porque nunca se calzó una mochila.

Big Ben y el Parlamento.

Torre del reloj Big Ben en el Parlamento.

En la escuela siempre fui sociable y un poco comediante. Buscaba la forma de hacer divertir a los demás, siempre estaba de buen humor y pensaba qué maldades inocentes hacer desde que entraba hasta que me iba, todo en un ámbito donde me sentía muy cómodo, ya que fui al mismo establecimiento desde el jardín de infantes. Pero desde que me fui a vivir sólo a Buenos Aires con dieciocho años recién cumplidos mi personalidad no fue la misma, mientras frecuentaba los estudios terciarios y universitarios. ¿A dónde voy con todo esto? Intento determinar el momento desde el cual tendería a ser introvertido y un tanto tímido en  grupos numerosos (salvo con unas copas de más), siendo más suelto y sincero en la relaciones personales. En Peckham no fue la excepción, sin embargo pude sentirme cómodo y me llevé un lindo recuerdo de todos. No había internet, por lo que iba seguido a la enorme biblioteca ubicada a pocas cuadras, donde también me encontraba conmigo mismo, ya que siempre fui un tanto bohemio y necesitado de mis espacios propios.

Londres no me entró principalmente por la vista. Como me sucedió con Dublín, pienso que lo mejor de la capital inglesa está más allá de los ojos. Si bien tiene montones de atractivos y monumentos, su magia recae en su carácter cosmopolita y trasgresor, en un entorno más bien bizarro, que puede parecer descuidado y urbano. Con el paso de los días fui adaptándome y amigándome con la ciudad, hasta el punto de tomarle un gran aprecio. Comencé a disfrutar mi estadía y a sentirme parte. Me había mimetizado. Al igual que Buenos Aires, Londres nunca duerme. A toda hora hay algo para hacer y tiene una animada vida nocturna, con decenas de bares. En lo personal disfruté mucho de sus ferias, mercados callejeros y parques. En un momento decidí quedarme a probar suerte: repartí curriculums por Piccadilly Circus (me los recibieron cordialmente, mi inglés era limitado. En un bar una señora refinada me sugirió volverme a mi país; divina). Ciclotímico, cambié de parecer. Había tantos países que tenía ganas de conocer que preferí seguir. Al poco tiempo recibí por mail respuestas positivas a un par de trabajos, pero ya había partido.

London Eye.

London Eye.

El cielo estaba casi siempre gris. No vi mucho el sol y pasé bastante frio (era marzo y el invierno se despedía, pero muy lentamente). Caminé mucho, sólo o acompañado. Mi paseo preferido: cruzar el puente de Westminster dejando atrás el Parlamento con su famoso Big Ben para bordear el Río Thames hasta llegar al Tower Bridge, pasando por el London Eye y tantos otros rincones de película. Demasiadas cosas para ver, difícil resumirlo. Y admito que me da un poco de pereza hacer una guía de viaje detallada, yo disfruto más de contar historias y sensaciones personales sobre lo que veo (para eso los libros de Lonely Planet o ese estilo están hechos a molde), lo que no quita que intente contextualizar y decir las cosas por su nombre. De hecho haciendo una buena investigación previa no se pasan por alto alguno sitios increíbles que podemos evitar pese a tenerlos frente a nuestras narices. Después, sin dudas lo más reconfortante es sorprenderse con lugares inesperados. Un poco de todo viene bien.

Si se está por un corto tiempo en la ciudad, una buena opción es el bus turístico, que pasa por la mayoría de los puntos de interés con validez por veinticuatro horas, subiendo y bajando donde se desee en alguna de sus más de ochenta paradas. La compra del mismo también incluye un paseo en barco por el Thames y un recorrido a pie. Cuando de espacios verdes se trata el hermoso y enorme Hyde Park fue el que se ganó mi preferencia y conformó un oasis de paz en mi no-rutina. Kensington Gardens, Regent´s Park, St James Park o Green Park tampoco se quedan atrás y tienen mucho que ofrecer. El emblemático Palacio de Buckingham está cerca de estos últimos y es una visita obligada.

Respecto a los mercados al aire libre, creo que el de Camden Town es el que mejor representa la esencia londinense. Ubicado en el barrio del mismo nombre, recibe la visita de cientos de curiosos todos los fines de semana que se pierden en un ambiente extravagante, heterogéneo y alternativo, con tiendas de lo más exóticas y coloridas. Aquí abundan los personajes tatuados de pies a cabeza con cortes de pelo llamativos y vestimentas estrambóticas, dibujos en las paredes y una oferta culinaria también particular en sus bares y restaurantes, todo a metros del Regent´s Canal, donde los botes hacen de intérpretes principales. También destaca el Portobello Road Market, poseedor de casi todo: antigüedades, monedas, relojes, joyas, muebles, ropa. El mismo conecta Ladbroke Grove con Notting Hill, el pintoresco barrio de la famosa película protagonizada por Julia Roberts y Hugh Grant. Borough Market, Brick Lane Market y Petticoat Lane Market son otras ferias que recomiendo.

Westminster Abbey.

Westminster Abbey.

En la zona del West End se hallan Trafalgar Square, National Gallery, National Portrait Gallery y Covent Garden. Más allá St. Paul’s Cathedral, The Monument to the Great Fire of London (se puede subir a ver la vista), el magistral complejo de Tower of London, Shakespeare Globe Theatre, el museo de cera de Madame Tussauds, la mítica Abbey Road (donde sentirse un beatle al cruzar la calle) y Kensington Palace con sus jardines reales. Donde empieza Oxford Street encontraremos muchas tiendas y el área correspondiente al Soho, con el China Town y la  bonita Carnaby Street, dedicada a la moda. Un poco más lejos: Kew Gardens, Hampton Court (palacio de Henry VIII), Wimbledon y el  Stamford Bridge, estadio del Chelsea, club más poderoso local. En tanto, en las afueras esperan el castillo de Windsor, Eton College y las ruinas milenarias de Stonehenge. Indudablemente muchos lugares para ver en poco tiempo. La arquitectura seduce. Por las noches, todo se ilumina y es un mundo nuevo que explorar.

En definitiva, lo que más me cautivó de Londres fue su mística y carácter cosmopolita, con gente de todas partes del globo y un sinfín de actividades posibles. Había tanto por ver y vivir que me fui satisfecho pero incompleto, deseando volver. Tras una semana en Dublín, donde forme parte del Día de San Patricio (como cuento en este post), tomé un bus hacia Brujas. Esta vez el cruce por el Canal de la Mancha no fue en ferry sino por el fascinante Eurotúnel subterráneo en una suerte de capsula marina que en realidad era un vagón portacoches. La aventura seguía a un ritmo vertiginoso. Bélgica esperaba.

El pub The Anchor Bankside.

El pub The Anchor Bankside.

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3 respuestas a Londres, donde todo sucede

  1. Te hemos nominado al Versatile Blog Award http://cronoviajeros.wordpress.com/2014/06/01/the-versatile-blogger-award/ Enhorabuena por tu trabajo y un saludo.

  2. Pingback: La elegancia de París (segunda parte) | Siempre andando

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