Irlanda: San Patricio en Dublín y un paseo por Dalkey

Fue una casualidad formar parte de la fiesta de la cerveza más popular del mundo en su ciudad originaria. Vaya honor y fortuna. Estaba en Londres hace un par de semanas, demasiado cerca como para perdérmela. Mucho influyó Iovana, una mexicana viviendo en Dublín que tuve la suerte de conocer en Lisboa (Portugal) y con la cual forjamos una linda amistad. Esto de dormir en casas ajenas de solidarios viajeros que me iba topando en el camino sería una constante y de mis momentos más felices. Pero eso es un tema aparte que merece otro post. Crucé en ferry para quedarme cerca de una semana en la capital irlandesa (recuerdo que las varias horas de trayecto fueron llevaderas porque la embarcación contaba con wi fi). En el departamento además de mi amiga vivían una croata, una brasilera y una española. A mí me tocó dormir en el sofá del living, que en comparación a habitaciones compartidas en hostels de veinte personas era un palacio.

El desfile del Día de San Patricio

El desfile del Día de San Patricio.

La jornada siguiente de mi arribo era 17 de marzo y se festejaba el Día de San Patricio. Todo se tiñó de verde. Por la tarde, el desfile en las calles entre cientos de personas que intentaban observar el suceso a como dé lugar, mismo trepándose a las ventanas. Aquí empezaron a aparecer personajes típicos con ridículas vestimentas; fabricantes de sonrisas. A la noche llegaba la verdadera celebración, cerveza en mano por los diferentes bares en una gran comunidad de borrachos caminando a la par por las calles pese a la lluvia. El mítico The Temple Bar: parada obligada para comenzar a aplicar una alta dosis de cebada en la sangre. No soy cervecero, pero estar en este momento y no consumirla sería como ir a Bariloche y no comer chocolate. La famosa Guinness parecía una crema.

Durante mi estadía Iovana me trató como un rey y mostró junto a algunas de sus amigas los puntos más emblemáticos de la ciudad. Me sentí muy a gusto. Lo cierto es que Dublín no destaca tanto por su arquitectura, monumentos o paisajes, sino que encierra algo que no es tangible, una energía especial que sólo puede explicarse estando allá. Todo está al alcance de la mano y no hay mucha distancia entre los atractivos locales: el Ha’penny Bridge (Puente del Medio Penique, construido en 1816 sobre el Río Liffey y llamado así por su forma similar al canto de una moneda y por el peaje que antiguamente se cobraba), la Cárcel de Kilmainham, la Fábrica de Guinness (St James Gate Brewery), las catedrales de Christ Church y San Patricio, el Castillo de Dublin con los Jardines Dubh Linn, Trinity College (inmensa e histórica universidad), los bellísimos parques de St Stephens Green y Merrion Square (decorado con flores coloridas y la estatua de Oscar Wilde), la Casa Número 29, la Biblioteca Nacional y algunos museos, como el de Arqueología, Historia Natural y la Galería Nacional de Irlanda.

La Catedral de San Patricio.

La Catedral de San Patricio.

Caminar la ciudad resultó ser una experiencia única, con la genial melodía de los artistas callejeros como banda sonora, donde alguna vez Bono diera sus primeros pasos. O´Connell Street es la arteria principal con sus tiendas, restaurantes y esculturas. Si se quiere ir de compras se debe abordar Grafton Street hasta los grandes almacenes Brown Thomas y por South William Street hacia los centros comerciales Powerscourt Townhouse Centre y George Street Arcade. Pero cuando de beber se trata es indispensable la visita a The Church, una iglesia reconvertida en pub sobre Jervis Street que permite relajarse en un entorno tan insólito como espectacular, y a Oliver St. John Gogarty, otro de los bares más representativos.

Para mi sorpresa, encontré muchos parecidos entre los irlandeses y los sudamericanos. Su alegría, gracia, ganas de divertirse y ese contacto físico sin decoro bien típico de mi gente me dieron la pauta. Esto, sumado a la numerosa comunidad de latinos, hace de Dublín un lugar muy cómodo y entretenido para vivir. La capital tiene mística. Da ganas de quedarse.

El mítico The Temple Bar.

El mítico The Temple Bar.

Una tarde en el encantador Dalkey

Tomamos el tren de cercanías (Dart) hacia un pueblo costero llamado Dalkey, al cual tardemos cerca de media hora en llegar. No tenía referencias al respecto, pero no tardé en asombrarme gratamente. Cómo disfruto descubrir estos pequeños sitios que aparecen de golpe en el camino y luego se quedan en la memoria para siempre. El mismo se fundó como un asentamiento vikingo y en la Edad Media llegó a tener siete castillos, de los cuales sólo quedaron resquicios de dos de ellos: Goat Castle y Archobold´s Castle. Ambos, próximos entre sí, cumplían la función de proteger las mercancías que entraban por el puerto, de suma importancia comercial para la época.

Primero recorrimos el centro por la Castle Street, rodeada de negocios y restaurantes. Las construcciones son muy pintorescas y se percibe un aire de desolación que le aporta misterio. Llegando a la costa las vistas son muy bonitas y al rodear la península se aprecia la bahía de Killiney. Hicimos un paseo hasta la cima de una colina desde donde se contemplaba el panorama y el contraste de la inmensidad del mar con unas flores amarillas desde una pequeña pirámide de piedra. Más allá, la diminuta Isla de Dalkey con la Torre Martello. En la actualidad son varios los famosos que tienen lujosas mansiones en esta zona, atraídos por la paz, aire fresco y encanto local.

Vuelta a Dublín en tren, empachado de paisajes. Luego llegaría la despedida, un breve paso por Londres y directo a Bélgica, donde esperaba Brujas. Me fui deseoso de poder conocer más de Irlanda, un destino con gente muy especial y por demás recomendable fuera de los tradicionales puntos turísticos europeos. Ya volveré.

Vistas de la bahía en Dalkey.

Vistas de la bahía en Dalkey.

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2 respuestas a Irlanda: San Patricio en Dublín y un paseo por Dalkey

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