Copa del Mundo de Brasil 2014 (III): un golpe a la ilusión en Río de Janeiro

Había llegado el momento tan esperado por cualquier fanático del fútbol: ver a la selección de su país jugando una final del mundo. Por esto partimos desde Sao Paulo hacia Río de Janeiro en auto junto a Kadu y Danilo, el conductor y un amigo de la casa que como todos me trató con mucho respeto y generosidad. Danilo había vivido y estudiado un tiempo en Buenos Aires, por lo que su español era muy bueno, lo que facilitó aun más las cosas. El viaje se pasó rápido, cerca de cinco horas de duración si mal no recuerdo, donde hablamos y escuchamos música, en un curso acelerado de bandas emblemáticas brasileras.

Ya había estado hace unos años en Río. En su momento conocí lo más emblemático de la ciudad, como el Cristo Redentor, el Pan de Azúcar y las playas de Copacabana e Ipanema. Esta visita sería igual de acotada pero mucho más cercana a su esencia, raíces e identidad. Cuando llegamos el clima era agradable, pero de golpe estalló una tormenta que por suerte no duró demasiado. Fuimos a encontrarnos con Emilia y Aline, amigas de Kadu y Leo (que se sumaría luego) y nos alojarían en el departamento que compartían con otras dos amigas más, que ese fin de semana no estaban allí. Esa noche ya pude integrarme en la magia de Río. Anduvimos por el bohemio barrio de Lapa, plagado de bares y epicentro de la vida nocturna, con los enormes Arcos y la colorida Escalera Selarón como símbolos arquitectónicos. La cerveza sería la leal compañera.

Una postal de Río de Janeiro.

Una postal de Río de Janeiro.

Presencié una autentica samba, en plena calle frente a un pub. Había una larga mesa con varios músicos que sólo por amor a este género tan atrapante de origen africano tocaban diversos instrumentos y cantaban con alegría. Alrededor el resto acompañábamos y bailábamos; creo que era el único extranjero. Apartarse de lo turístico y perderse entre la gente local siempre es el mejor plan para aprender sobre las costumbres y culturas. Y el pueblo de Brasil es sin dudas uno de los más especiales. La melodía, movimientos y rostros de los que estaban allí transmitían esa pasión por lo propio. La energía positiva que se respiraba hacía desear que ese instante durase para siempre. Pero el cuerpo en un momento dijo basta y había que descansar. El departamento de las chicas quedaba en la parte alta de la ciudad, en el fantástico barrio de Santa Teresa. A medida que íbamos subiendo la vista de la ciudad iluminada de noche regalaba una postal única, que era otra igual de hermosa con la salida del sol.

Al otro día estuvimos un buen rato tomando unas cervezas en un lugar bellísimo junto al mar con vistas al Cristo Redentor, desde donde vimos el atardecer. Una imagen que quedará grabada en mis retinas. Más tarde fuimos al centro, nos encontramos con Leo y nos quedamos hasta tarde en otra samba, esta vez representada por cantantes negros, en su mayoría mujeres con unas voces muy particulares y con el ritmo en la sangre. Una experiencia fabulosa. Fuimos a otro bar y a comer algo al departamento. Ahí yo decidí quedarme para no acostarme tan tarde ya que la siguiente jornada era el gran día. Los nervios me carcomían, una sensación que jamás había sentido antes.

Junto a Danilo, Aline, Emilia y Kadu en Río.

Junto a Danilo, Aline, Emilia y Kadu en Río.

Era domingo. Desperté pasadas las siete de la mañana para ir al Fan Fest, que sabía iba a estar colapsado y donde habrían las puertas recién a las once. Tomé un autobús hasta abajo y luego el metro que me dejó a unas cuadras del gran complejo ubicado sobre la playa de Copacabana. Parecía Buenos Aires. Las calles colapsadas de argentinos cantando. Una vez allá la arena estaba repleta de cuerpos cansados luego de pasar la noche allí, de los cuales muchos habían viajado kilómetros en auto en búsqueda de vivir un sueño de cerca. Hay instantes que quedan en la memoria. Si bien recuerdo todo a flor de piel, jamás olvidare a ese petiso con boina llevado en alzas entre la multitud, tocando con un acordeón melodías típicas de los cantos de cancha y el himno nacional, dando el pie a miles de almas delirando esperanzados que revoleaban sus remeras.

El ingreso fue muy desagradable. Una avalancha humana. Todos se abalanzaron e hicieron presión hacia adelante, algunos se caían, otros perdían sus zapatillas o pertenencias. Sentía que me faltaba el aire, mis pulmones apretados y la respiración agitada. Acá sentí miedo, pero intenté tranquilizarme y esperar que pasara, avanzando de a poco. Hasta que al fin llegué a los controles. El ánimo cambió, el fernet con coca desfilaba de mano en mano y el ingreso era inminente. Estaba adentro. Era un show, un escenario con bandas, la música bien alta. Se acercaba la hora del inicio del partido, así que me fui bien cerca de la pantalla gigante, apoyado sobre unas vallas en el costado con el sol que no daba tregua. Al estirarme un poco, percibía las otras miles de personas que estaban del lado de afuera. No había podido entrar pero agitaban sus banderas y golpeaban los bombos. El ambiente era insuperable.

Al ritmo de la samba.

Al ritmo de la samba.

Era la hora. Pitazo inicial. El encuentro se empezó a desarrollar de manera tal que por primera vez creí que podíamos ser campeones. Los alemanes no eran sólidos atrás y daban oportunidades, esas mismas que los argentinos nos lamentaremos por siempre: el remate de Higuaín desviado, las dos que tuvo Messi y el increíble mano a mano de Palacio (Era por abajo!). Pero nuestro arco seguía en cero, y Romero venía agrandado de los penales ante Holanda. Así que conservábamos esa ilusión desde los doce pasos, no faltaba nada. Pero de un segundo a otro todo se derrumbó. El gol de Götze fue un puñal al corazón. Los miles de argentinos que tenían un nudo en la garganta y esperaban explotar de felicidad se agarraban la cabeza. El árbitro marcó el final y las lágrimas fueron inevitables. Esta frustración la llevaré por siempre conmigo, como una mochila pesada. El hecho de haber estado tan cerca de cumplir un sueño de película, ganando una Copa del Mundo nada menos que en la casa de Brasil, nuestro eterno rival deportivo, hizo que el dolor sea mucho más profundo. Entiendo que hay gente a la cual el fútbol no le va ni le viene, pero ese no es mi caso. Y encima amo y siento mi país hasta las viseras. Lo que es una conjunción peligrosa. Estaba devastado, desconsolado y deseaba teletransportarme a mi cama, no tenía ganas de hablar con nadie.

Había algunos focos de peleas. Casi arrastrándome me fui a tomar el metro y me encontré con los chicos en un bar cerca de la estación Gloria. Ellos sabían lo que representaba esta frustración para mí, me hicieron sentir bien y tuvieron una empatía admirable. Un gesto que no olvidaré. Yo sólo tenía ganas de llorar, me lamentaba y de apoco iba cayendo de todo lo vivido en esas largas semanas. Era tal la ilusión, pero no pudo ser. Me daba pena que esta derrota opacara un viaje tan hermoso, que estuvo a nada de ser perfecto. No fue una elección lo que me pasó, yo siento al fútbol y a mi país así de profundo.  Pero de los malos momentos también se aprenden cosas y con el tiempo la herida se iría cerrando, aunque dejando su marca por siempre, como una cicatriz.

Kadu, Danilo y Leo se volvieron a Sao Paulo en el auto y me quedé una noche más en el departamento con las chicas, ya que había decidido ir un par de días a Paraty, un lugar estupendo que me quedaba de paso camino a Sao Paulo. Aline, Emilia y todos hicieron que mi experiencia en Río fuera eterna. La desilusión deportiva no opacó para nada los buenos momentos ni el orgullo por la selección de mi país. Ver a tantos argentinos unidos por una causa en común también me hizo bien. Y en definitiva es un juego, donde sólo uno gana, por más que me cueste entenderlo.

Fan Fest de Río durante la final.

Fan Fest de Río durante la final.

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