Conocer Toledo resultó un fuerte impacto para mis sentidos, tal vez la primera gran sorpresa en mi último viaje de mochilero. Si bien ya había conocido Madrid (estaba viviendo allí) y otros atractivos sitios vecinos, tales como San Lorenzo de El Escorial o Aranjuez, esta vez era diferente. En aquellas ciudades el cosquilleo vino por el lado de los grandes palacios y jardines, imaginando las viejas dinastías españolas, sin embargo este paisaje era por completo diferente y particularmente incentivaba mis ganas de sumergirse en sus rincones sin perder el tiempo. Es que parecía haber despertado en el medio oriente: las influencias musulmanas eran latentes y novedosas en relación a lo hasta entonces conocido.
Fui en tren desde Madrid por tres días. Camine desde la estación hacia el corazón de Toledo, y a los pocos metros de andar el asombro hizo su rápida aparición, motivado por un puente desde el cual se veía hacia un lado el río junto a algunas llamativas construcciones y, por el otro, la ciudad edificada en las alturas con la catedral como guardiana. Habría que traspasar las murallas por la simbólica Puerta de Bisagra para luego ascender por unas calles empinadas, con el beneficio de un clima benévolo y un cielo celeste que empapaba el entorno de luz. Toledo está situada en una colina de cien metros de altura sobre el río Tajo y es conocida como la ciudad de imperial o de las tres culturas por haber hospedado durante siglos a cristianos, judíos y musulmanes. Esta mezcla de culturas iba a acompañarme a cada paso en una práctica tan intensa como espiritual.

Una de las calles de Toledo.


