Al principio puede parecer una locura. Más si miramos alrededor. Los mandatos sociales, presiones, influencias e ideas sobre cuál es “el camino correcto” atentan contra las almas viajeras. En general nos criamos bajo un modelo determinado por la rutina, el egoísmo, el materialismo, el consumo. Las prioridades son claras: estudiar, recibirse, trabajar de sol a sol, lograr un ascenso, comprarse el autito, después la casa, formar una familia, seguir trabajando -probablemente en algo que no disfrutamos-, estresarse por eso, enfermarse para finalmente llegar a anciano con la sensación de que la vida se nos pasó frente a nuestros ojos sin haberla disfrutado. Parece guionado. Vinculamos el viaje con ese par de semanas laborales que tenemos al año, más asociadas al descanso o al entretenimiento que al descubrimiento y el aprendizaje. Creemos estar en un proceso de búsqueda constante, intentando llegar a algún lado, y no nos percatamos que en realidad la vida es un camino, es hoy, es ahora.
Perdemos de vista el presente, no vivimos el momento. Estamos vivos, pero no viviendo. Seguimos la corriente, los estereotipos, no confiamos en nosotros mismos, tenemos miedos. Es cierto que la suerte juega un papel importante, la realidad que nos toca, y a veces resulta difícil revelarse al sistema, arriesgarlo todo y salir a hacer realidad nuestros sueños; algunos no tienen opción. Pero no es imposible, y los casos de personas que se animan a escaparle a la zona de confort son cada vez más numerosos. A continuación y basándome en mi experiencia personal tras años viajeros comparto unos consejos y razones que espero sirvan de motivación para aquellos a los que el deseo por conocer el mundo les esté quemando por dentro.

Baño en las aguas sagradas del templo Tirta Empul, Bali, Indonesia (2015).
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