Había llegado el momento tan esperado por cualquier fanático del fútbol: ver a la selección de su país jugando una final del mundo. Por esto partimos desde Sao Paulo hacia Río de Janeiro en auto junto a Kadu y Danilo, el conductor y un amigo de la casa que como todos me trató con mucho respeto y generosidad. Danilo había vivido y estudiado un tiempo en Buenos Aires, por lo que su español era muy bueno, lo que facilitó aun más las cosas. El viaje se pasó rápido, cerca de cinco horas de duración si mal no recuerdo, donde hablamos y escuchamos música, en un curso acelerado de bandas emblemáticas brasileras.
Ya había estado hace unos años en Río. En su momento conocí lo más emblemático de la ciudad, como el Cristo Redentor, el Pan de Azúcar y las playas de Copacabana e Ipanema. Esta visita sería igual de acotada pero mucho más cercana a su esencia, raíces e identidad. Cuando llegamos el clima era agradable, pero de golpe estalló una tormenta que por suerte no duró demasiado. Fuimos a encontrarnos con Emilia y Aline, amigas de Kadu y Leo (que se sumaría luego) y nos alojarían en el departamento que compartían con otras dos amigas más, que ese fin de semana no estaban allí. Esa noche ya pude integrarme en la magia de Río. Anduvimos por el bohemio barrio de Lapa, plagado de bares y epicentro de la vida nocturna, con los enormes Arcos y la colorida Escalera Selarón como símbolos arquitectónicos. La cerveza sería la leal compañera.

Una postal de Río de Janeiro.

