Los días siguientes me dediqué a perderme sólo por las calles parisinas. Las distancias entre los atractivos locales son amplias, no como Madrid donde casi todos ellos están relativamente cerca. Por eso el metro es una buena opción, o bien el bus turístico si se cuenta con poco tiempo. De todas formas utilicé, como de costumbre, mucho mis pies. De esa forma se descubren lugares que no figuran en los mapas o rutas turísticas. Bordeé varias veces el Río Sena, por el cual también se puede navegar en pequeñas embarcaciones. Cada puente es distinto, al igual que su historia. El Puente de las Artes cuenta con la particularidad de cobijar cientos de candados con las iniciales de parejas que se juran amor eterno.

Vista desde la cima de la Catedral de Notre Dame.
En la Isla de la Cité la imaginación entra en escena. Llegaba el momento tan esperado de conocer el sitio donde se escondiera el jorobado de Notre Dame, personaje ficticio que marcó parte de mi niñez con la famosa película animada. En la Catedral homónima este paseo por mi infancia se tornó palpable, entre gárgolas petrificadas en lo alto, antes de llegar al campanario, escueto y húmedo. Las vistas, inigualables, desde donde se puede apreciar la arquitectura típica de la ciudad con ojo de águila. Acceder al interior es sencillo, pero hay que consultar los horarios para ascender que son limitados y muy solicitados por cientos de personas que a diario hacen fila por un largo rato. Sin dudas vale la pena porque allí arriba sucede la magia. Como si fuera poco, a un par de cuadras la Iglesia Ste-Chapelle corona un paseo encantador con sus enormes vitrales de colores que dan paso a la luz del sol de manera celestial. He aquí una verdadera joya del arte gótico.

