La elegancia de París (segunda parte)

Los días siguientes me dediqué a perderme sólo por las calles parisinas. Las distancias entre los atractivos locales son amplias, no como Madrid donde casi todos ellos están relativamente cerca. Por eso el metro es una buena opción, o bien el bus turístico si se cuenta con poco tiempo. De todas formas utilicé, como de costumbre, mucho mis pies. De esa forma se descubren lugares que no figuran en los mapas o rutas turísticas. Bordeé varias veces el Río Sena, por el cual también se puede navegar en pequeñas embarcaciones. Cada puente es distinto, al igual que su historia. El Puente de las Artes cuenta con la particularidad de cobijar cientos de candados con las iniciales de parejas que se juran amor eterno.

Vista desde la cima de la Catedral de Notre Dame

Vista desde la cima de la Catedral de Notre Dame.

En la Isla de la Cité la imaginación entra en escena. Llegaba el momento tan esperado de conocer el sitio donde se escondiera el jorobado de Notre Dame, personaje ficticio que marcó parte de mi niñez con la famosa película animada. En la Catedral homónima este paseo por mi infancia se tornó palpable, entre gárgolas petrificadas en lo alto, antes de llegar al campanario, escueto y húmedo. Las vistas, inigualables, desde donde se puede apreciar la arquitectura típica de la ciudad con ojo de águila. Acceder al interior es sencillo, pero hay que consultar los horarios para ascender que son limitados y muy solicitados por cientos de personas que a diario hacen fila por un largo rato. Sin dudas vale la pena porque allí arriba sucede la magia. Como si fuera poco, a un par de cuadras la Iglesia Ste-Chapelle corona un paseo encantador con sus enormes vitrales de colores que dan paso a la luz del sol de manera celestial. He aquí una verdadera joya del arte gótico.

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La elegancia de París (primera parte)

Alguna vez el poeta Jean Cocteau dijo que en París todo el mundo quiere ser un actor, que nadie se contenta sólo con el rol de espectador. Efectivamente, adentrarse en la elegante geografía de la capital francesa hace que uno se incorpore al guión, forme parte de él. No se trata sólo de quedarse observando, sino que se goza del protagonismo y la dirección en la película. Como en sueños, uno camina entre piezas históricas monumentales, amplias avenidas, respira romanticismo y se camufla entre tantas almas dispares que se chocan. Cada uno reacciona diferente, por eso no tiene sentido creerse una historia contada: se debe vivir la propia.

Llegué agotado. Había pasado la noche en el Aeropuerto El Prat de Barcelona esperando el típico vuelo de bajo costo que me dejaría en el Aeropuerto de Beauvais – Tillé. Luego, cerca de una hora en bus al centro y mi primer encuentro con el metro. Representó un desafío que pude dominar y tras un par de conexiones llegué al fantástico barrio de Montmartre. ¿Por qué aquí? La respuesta: Jose, un genial español que conocí en Granada cuando recorría solo como perro malo un mirador. Ya me extenderé al respecto al escribir sobre Andalucía, pero adelanto que media hora de charla bastó para que un par de meses después me abriera las puertas de su casa como a un hermano.

La Torre Eiffel

La Torre Eiffel.

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Londres, donde todo sucede

Estaba en París y para ingresar a tierras británicas decidí hacerlo de una forma llamativa, pero más económica y emocionante que un vuelo. Se trataba de un autobús de la empresa Eurolines que salía curiosamente desde el aeropuerto de Charles De Gaulle (no había una terminal ni sector claro de espera, simplemente el transporte aparecía de la nada) para cruzar el Canal de la Mancha en ferry. Primero fuimos hasta una ciudad costera donde nos revisaron los pasaportes y el equipaje en un control. Subimos con el bus a la embarcación. Era emocionante pensar que estábamos transitando una ruta con tanta historia. Al llegar, de nuevo al bus camino a la capital inglesa. En el trayecto ya se veían las típicas casas de ladrillos, tal cual como las imaginaba.

Tower Bridge.

Tower Bridge.

Debo admitir que mi primera sensación de Londres no fue positiva. De entrada todo fue caótico, estaba desorientado y encima era la hora pico. Fui a tomar el metro. Allá es difícil saber qué boleto comprar porque se manejan por zonas. Pedí ayuda en información turística y me atendieron de mala gana. Finalmente tras un par de conexiones pude llegar al hostel donde había reservado una noche. Los precios me parecían excesivos. Acostumbrado a dormir por un promedio de diez euros, aquí se pagaba hasta tres veces más. Al menos pude obtener algunas libras a un cambio conveniente. Pero para mí fortuna tenía quién me ayudara las siguientes dos semanas que duraría mi estadía.

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