Fue una casualidad formar parte de la fiesta de la cerveza más popular del mundo en su ciudad originaria. Vaya honor y fortuna. Estaba en Londres hace un par de semanas, demasiado cerca como para perdérmela. Mucho influyó Iovana, una mexicana viviendo en Dublín que tuve la suerte de conocer en Lisboa (Portugal) y con la cual forjamos una linda amistad. Esto de dormir en casas ajenas de solidarios viajeros que me iba topando en el camino sería una constante y de mis momentos más felices. Pero eso es un tema aparte que merece otro post. Crucé en ferry para quedarme cerca de una semana en la capital irlandesa (recuerdo que las varias horas de trayecto fueron llevaderas porque la embarcación contaba con wi fi). En el departamento además de mi amiga vivían una croata, una brasilera y una española. A mí me tocó dormir en el sofá del living, que en comparación a habitaciones compartidas en hostels de veinte personas era un palacio.

El desfile del Día de San Patricio.
La jornada siguiente de mi arribo era 17 de marzo y se festejaba el Día de San Patricio. Todo se tiñó de verde. Por la tarde, el desfile en las calles entre cientos de personas que intentaban observar el suceso a como dé lugar, mismo trepándose a las ventanas. Aquí empezaron a aparecer personajes típicos con ridículas vestimentas; fabricantes de sonrisas. A la noche llegaba la verdadera celebración, cerveza en mano por los diferentes bares en una gran comunidad de borrachos caminando a la par por las calles pese a la lluvia. El mítico The Temple Bar: parada obligada para comenzar a aplicar una alta dosis de cebada en la sangre. No soy cervecero, pero estar en este momento y no consumirla sería como ir a Bariloche y no comer chocolate. La famosa Guinness parecía una crema.

